Este lleva camino de ser un buen año, y eso que acaba de empezar.
Si miro hacia este 2013 que acabamos de dejar atrás, impresiona lo mucho que ha cambiado todo en apenas doce meses.
Empecé 2013 en España y lo acabé en Canadá. Empecé 2014 en Canadá, ¿y quién sabe dónde lo acabaré? Porque, ¿quien me habría dicho a mí hace un año todo lo que me iba a pasar, todo lo que tenía por delante?
Francamente, sólo puedo dar las gracias, porque me siento muy afortunada de estar aquí.
Dejando a un lado los sentimentalismos que en esta época de celebraciones nos invaden con demasiada frecuencia, vengo dispuesta a continuar con mi pequeño diario canadiense. Si recuerdo bien, dejé mi relato unos días antes del fin de las clases, y ahí pretendo empezar.
El jueves 19 de diciembre fue el último día de instituto. Casi nadie acudió, debido a que ese día lo dedicamos casi enteramente a la asamblea y otras actividades navideñas.
Durante el primer período, los cuatro gatos que habíamos encontrado fuerzas y ganas para levantarnos de la cama a las siete nos dedicamos a meter en cajas de cartón y a bajar al almacén la comida y juguetes que habíamos recolectado para una familia de Ottawa con dificultades. Arrojando algo de luz al asunto: a cada clase en nuestro instituto se le había asignado una familia diferente, normalmente con muchos hijos a cargo. Durante las dos semanas anteriores, habíamos puesto dinero, traído cajas y latas de comida, y cantidad de regalos diferentes para que estas Navidades las puedan celebrar hasta los más necesitados. Me sentí muy orgullosa de nuestra clase, pues llenamos la asombrosa cifra de ocho cajas de tamaño considerable.
Luego se celebró la Asamblea de Navidad, que consistió en varias actuaciones, una rifa, y cuatro chicas hablando sobre las distintas tradiciones navideñas alrededor del mundo.
Sandra y yo, después de acabar la asamblea, decidimos irnos a mi casa, por lo que pasamos por Metro para hacernos con algo de comida (nada demasiado sano, como habréis adivinado) y nos encerramos en casa a ver la televisión (sí, Downton Abbey).
Luego cambiamos el escenario, pues marchamos a su casa para cenar y dormir allí, pero continuamos con nuestro drama británico hasta que mataron a mi personaje favorito y me quedé tan hecha polvo que me fui a la cama. Aquella noche Sandra y yo nos dimos nuestros regalos de Navidad, y al día siguiente nos fuimos a desayunar con Helena y Johannes.
Digo desayunar porque tomé café, bacon y huevos, pero al restaurante entramos a eso de las dos de la tarde. Brunch! Nos despedimos de Johannes, pues el día de Nochebuena se iba a Bélgica definitivamente, y me despedí también de Sandra, a la que no iba a volver a ver hasta después de las vacaciones.
Navidad fue agradable. Me tragué Sonrisas y Lágrimas en Nochebuena, y Oliver! al día siguiente. Se puede decir que fueron una fiestas musicales. ¡Y qué bien se portaron conmigo! Me hicieron sentir parte de la familia, jamás me hubiera esperado tantos regalos. No suelo ser tan aburrida, pero voy a hacer una excepción y voy a mostrar maravillosas fotos de calidad excepcional (jaja no) de todo lo que recibí, aunque sea totalmente gratuito y no le interese a nadie.
A ver, me dieron chocolate pero os podéis figurar lo que duró.
Roland el pingüino no fue exactamente un regalo de Navidad, pues Liam me lo dio en Nochebuena (y nadie más lo quería, todo hay que decirlo).
Dios no me llamó por el camino de la fotografía, pero se supone que eso son unos pendientes con forma de pingüino.
La gorra es preciosa pero, no os riáis, no me cabe (SIEMPRE TUVE LA CABEZA GRANDE VALE) así que se quedará de adorno.
Estaba falta de jerséis, y no me digáis que estos no son hermosos (y calentitos, que es lo que cuenta).
Ese bolso es lo último. También recibí unos pantalones cortos de pijama, pero tenían un bonito agujero en la parte delantera, y hay que ir a cambiarlos (tampoco es que me sean imprescindibles a -30 grados bajo cero).
Recibí además muchas cositas de mi familia en España, pero como seguramente son los que lean esto, ellos ya saben lo que es. Me gusta mucho todo, gracias.
La cena de Navidad la pasamos con Lydia, Michael y Ayla, y comimos pavo al más puro estilo ameri... Canadiense, canadiense.
Me lo pasé muy bien.
A partir de ahí fueron vacaciones relajadas, con una visita de compras a Montréal. Como ellos no tienen Reyes, la rebajas empiezan el día después de Navidad (Boxing Day), y yo iba dispuesta a comprar tanta ropa como mi Visa me permitiera. Lamentablemente, si algo no tiene Canadá, es estilo. No encontré nada en absoluto en lo que mereciera la pena gastarse el dinero. Sin embargo, conocí la ciudad (normalilla, no se merece ser la más cara del Monopoly y está plagada de canadienses muy estirados que sólo hablan francés) y probé la carne ahumada. No tuve la oportunidad de fotografiar el sándwich en cuestión, pero sólo os digo que me pusieron tal cantidad de carne que me fue más difícil encontrar el pan que a Harry Potter los horrocruxes de Voldemort.
Volvimos agotadas, y lo único que hice fue perder el tiempo hasta Nochevieja, cuando me comí las uvas por Skype a las seis de la tarde (medianoche hora española) y no hice nada más, tan sólo esperar al año nuevo con Richard y Sara.
Y creo que eso es todo. Ha sido una entrada larga, perdonadme. Feliz año nuevo de todo corazón, y no se os olvide que este año se cumplen 100 del inicio de la Gran Guerra (lo siento, tenía que decirlo).
Hasta pronto, me dispongo a hundirme en trabajos y exámenes finales.
"So long, farewell..."









