Diez meses en el norte son muchos meses. Pero, ¡qué narices! Vámonos a estudiar a Canadá, será divertido.

lunes, 30 de septiembre de 2013

Hakuna matata means no worries for the rest of your days.

Estoy haciendo pereza. Últimamente no he escrito mucho, así que allá vamos.
¿Os acordáis de que os dije que me iba a unir al coro de mi instituto?
Pues bien, la profesora me había citado el miércoles a la hora de la comida en la sala de música, y ahí me planté yo en cuanto sonó la sirena.
Bien, pues nadie apareció. Podéis aplaudir. Eso sí, Sandra y yo nos pasamos la hora haciéndonos fotos. Porque nos gusta contribuir a la sociedad.
El fin de semana fuimos a Toronto a ver el musical de Shrek. Nada, cinco horas de viaje de ida el sábado por la mañana y otras cinco para volver el domingo.
Nos quedamos en la casa de la madre de Sara y su novia, un apartamento a las afueras de Toronto.
No salimos, tan sólo para el musical, porque Portia sigue en muletas, ma pouvre.
Fue gracioso. "Una hora se tarda. Con que salgáis a las seis y media, llegáis de sobra". No confiéis en los cálculos de las señoras de setenta y cinco.
El tráfico en Toronto es lo peor. Y, llevándonos al metro, la madre de Sarah se perdió.
Añadamos a este suceso desafortunado el hecho de que tuvimos que coger el metro y dos autobuses con Portia tullida.
Muy cómico.
Redoble de tambor porque llegamos al musical cuarenta minutos tarde.
Sin embargo, estuvo muy bien, creo que todo el mundo sabe que adoro el teatro y más si es musical, así que disfruté como una cría.
Al salir, aleluya, nos llevaron a casa en coche y pasamos por Wendy's porque Portia y yo nos moríamos de hambre.
La mañana siguiente puede resumirse en mucha gente, brunch, televisión, mucha comida, tres tazas de café y Portia y yo cantando mientras ella tocaba la guitarra porque ya no sabíamos que hacer con nuestras vidas.
Otras cinco horitas de vuelta.
Al llegar no hice nada porque, ya me conocéis, me gusta aprovechar las horas.

Qué he aprendido de este fin de semana: Canadá es enorme. Pero no os lo podéis imaginar.

domingo, 22 de septiembre de 2013

WHAT DOES THE FOX SAY

ring ding ding ding dingeringering

Aaron Paul

¡Buenas noches! Hace una semana que no os ponía al corriente de mi vida canadiense.
Pues bien, estos últimos días han sido, cuanto menos, interesantes.
Lo primero y esencial: he hecho amigas canadienses.
Me decidí por tomar la iniciativa y he encontrado un grupo de chicas encantadoras que nos han "adoptado" a Johannes, a Sandra y a mí. Se llaman Priscilla, otra Priscilla, Rachel y Amanda. Además, empiezo a notar que me integro en las clases. La gente me sonríe; "¡Ey, qué mona vas!" "¡Me encanta tu camiseta!" Son pequeños gestos (un comentario, un saludo, una sonrisa) que para ellos serán poca cosa pero para mí significan un mundo.
Cada vez me encuentro más a gusto aquí. Hizo un tiempo estupendo toda la semana, de ir en tirantes. El sábado amaneció lloviendo y no paró hasta la madrugada del domingo, doy fe.

¡El miércoles empiezo el con el coro! Es un club a la hora de la comida y se llaman 'Vocal Connections.'

Y el viernes me voy de fin de semana a Toronto a ver un musical y un museo que al parecer es el más grande de toda Canadá.

Son los premios Emmy esta noche. Tengo el corazón dividido. Cuando me levante mañana, a ver con lo que me encuentro.

Señor qué genial es Breaking Bad.

Hasta pronto.

sábado, 14 de septiembre de 2013

Frío de septiembre y colas de castor

Tercer fin de semana en Canadá, de vuelta al centro de Ottawa. Ya se empieza a notar el fresqui, vaya que sí.
Lucas y yo gastamos una hora de nuestro tiempo tratando de encontrar unos vaqueros porque no éramos capaces de aclararnos con las tallas. Y encima, el empleado metiendo prisa porque cerraban. A las seis de la tarde.
Nos pasamos por el Parlamento, que es muy bonito, y luego fuimos a cenar a nuestro restaurante italiano favorito.
Lo mejor del día fue probar la Beaver Tail, un dulce típico. Me pedí "La Avalancha". Aquella cosa, que parecía tener más calorías que nada que hubiera probado jamás, estaba tan deliciosa que alguien debería ilegalizarlas. Lo juro.
Propongo traer el negocio a Madrid. Una rica Beaver Tail para acompañar con la relaxing cup of café con leche in Plaza Mayor.

Sorpresa, hice fotos.
Jajajaja no. Las hizo Lucas y me las pasó. Pero cuenta.

jueves, 12 de septiembre de 2013

El Diluvio con mayúsculas y cosas varias.

Salí esta tarde del instituto tan contenta (habíamos estado viendo en clase de Antropología un video de chimpancés, que son adorables y muy graciosos *giggles*) y el cielo estaba tan oscuro que creía que se acercaba el Apocalipsis. Johannes estaba encantado con la tormenta que se nos venía encima, yo me dediqué a repetir lo mucho que me disgustaba la lluvia, mientras deseaba con todas mis fuerzas que no empezara a llover antes de que yo llegara a casa.
Odín, dime en serio si he hecho algo mal. Porque en cuanto di unos pasos justo después de despedirme de Johannes, empezaron a caer las primeras gotas.
Maldiciendo por lo bajo, aceleré el paso, pero lo peor estaba por llegar.
A unos diez o quince minutos de llegar a casa, me cayó encima la tromba de agua del milenio.
No exagero. Jamás había visto yo tantísima agua junta.
Y, por supuesto, todos esos litros de agua me estaban cayendo a mí encima. En medio de la carretera, sin ningún sitio donde refugiarme. No pasaban coches, no vi a nadie, y la lluvia era tan fuerte que pensaba que el mundo estaba llegando a su fin.
Seguí caminando, calada hasta los huesos como nunca. Ya me daba igual la lluvia. Estaba tan mojada (no os podéis hacer a la idea) que ya ni me molestaba.
Cuando llegué a casa, dejó de llover.

Vivan los niños pijos de provincia. Mi amigo de Burgos me ha preguntado cuántos en mi clase habíamos decidido estudiar un año fuera. Se extrañó de que yo fuera la única. Siete de sus amigos estaban en EEUU, Canadá, Irlanda, UK... Yo le expliqué que yo venía con una beca, y que si no no hubiera podido permitirme pagar lo que costaba el curso. Y mis amigos tampoco podrían permitírselo. Él no dijo nada.

Me da una rabia tremenda. A lo mejor estás leyendo esto, Asier, así que espero que lo entiendas.

Qué mal repartido está el mundo.

Sigo sin tener amigos, pero una chica en mi clase de Antropología es super alegre y entusiasta, y me cae muy bien. ¡Se llama Brittany!

lunes, 9 de septiembre de 2013

«Fine, starve, see if I care.»

Estresadita que me tienen.
De verdad que ellos no se hacen a la idea de lo diferente que es todo en España.

Menos una chica con aspecto de rinoceronte que en clase de francés me preguntó si en mi país "no era todo mucho más viejo".
Vamos, que creía que seguíamos viviendo en cuevas recolectando fruta y dedicándonos a la caza.

Afortunadamente, todos a su alrededor la miraron como si acabara de soltar una barbaridad, así que supongo que no todos los canadienses son así de ignorantes.

Me estoy yendo por las ramas.
Lo que quiero tratar en esta entrada es básicamente el tema de mi adaptación. Va a ser muy lenta, os lo puedo asegurar.

Sigo trastocada con las malditas comidas, lo digo en serio. Desayuno.
A la hora de comer "si tienes hambre, te cocinas algo."
La cosa es que sólo se hacer sándwiches y sólo tengo jamón york.
Vivan los sándwiches de jamón york (absténganse de comentarios).
Así que no como nada hasta la cena. A lo mejor pico algo y me siento culpable.
Todo lo que hacen de cena es delicioso, ¿debería preocuparme?

Otra vez me trastocan el horario. Al final decidí cambiar mi clase de francés y eso ha hecho que todas las demás asignaturas se vieran afectadas y tuviera que hacer muchos cambios y clases nuevas y ah.

Ya os dejo de dar la lata. Como no todo el mundo va a la misma clase como en España, a lo mejor en mi clase x no conozco a nadie y cuando salgo para tomar el lunch quiero juntarme con mis amigos pero no sé donde están y tengo que vagabundear por el edificio en su busca.

Ya sé volver a casa sola y me apaño con la colada.

Me quejo, pero la verdad es que estoy bastante bien, si no fuera por mi necesidad imperial de hacer amigos.

Gente de mi clase, quiero socializar. Puede que los españoles aún cacemos mamuts, pero en el fondo somos buena gente.

jueves, 5 de septiembre de 2013

Más perdida que Jon Nieve el día de la madre.

Mi sentido de la orientación ha sido penoso desde que alcanzo a recordar. Y claro, me pasan cosas como esta.

Cuando llegué a mi primera clase de química del semestre (tarde, como ya sabéis, por todo lo ocurrido con las orientaciones bla bla bla) ya habían hecho un experimento en el laboratorio.
Al día siguiente había que presentar un informe, escrito por ordenador.
Ya me había preocupado bastante, así que simplemente le pregunté a mi profesora (todos los profes aquí son encantadores y aún más si les dices que eres extranjero) qué debía hacer yo.
Me propuso quedar al final de las clases de aquel día para que yo realizara la práctica y pudiera redactar mi informe.
Así que le escribí un SMS a Richard explicándole la situación y me dijo que él me recogería en coche.
Y tan contenta(bueno, contenta no, no tenía muchas ganas de quedarme más horas después de clase, pero qué remedio).
Así que fui a mi clase de química al sonar la sirena y la profesora me informó de que otros dos estudiantes tampoco habían hecho el pequeño experimento y que había retrasado la cita para el día siguiente a la hora de la comida.
Perfecto. Mensaje a Portia para que no se fuera sin mí.
Tarde.

Vamos a ver, es que yo no sabía volver a casa andando.
Es decir, fijáos si soy pésima orientándome que desde que entré al instituto siempre me acompañan de clase en clase. Juro que el día que me dejen sola no llego a tiempo.
No sabría encontrar mi taquilla.

Mensaje a Richard. Me explicó por SMS la manera de volver a casa. Sólo había hecho ese camino una vez, y aunque me había esforzado por recordarlo todo, inevitablemente las calles de casitas me parecían exactamente iguales las unas a las otras.
Me equivoqué de cruce.
Buscaba la calle St George's, y seguía andando, andando, y a la maldita calle no le daba la gana hacer acto de presencia.
Entonces es cuando llegué al Quickie (una tienda de estas 24 horas) y supe que estaba completamente perdida. Llamé a Richard.
Ni aún así.

Sí, señoras y señores, tuvo que venir a buscarme en coche.
Di más vueltas por el barrio de las que puedo recordar.

Espero que no vuelva a ocurrir.

¿¡Quién tiene hambre para el maldito lunch a las once y media de la mañana?!

miércoles, 4 de septiembre de 2013

¡Miércoles, juega con tu comida!

Por si os lo estábais preguntando, el título de la entrada es totalmente aleatorio.
Hoy ha sido miércoles y siempre me ha hecho mucha gracia la familia Adams.

Al lío.
¡Primer día de clase!
Me levanté a las cinco de la mañana de lo nerviosa que estaba.
Mi cita para la orientación/aún más papeleo/elige tus malditas asignaturas de una vez, supuestamente, era a las ocho y media.
¡Una aplauso a la increíble organización del distrito escolar!
Llegué con Richard tan alegre (tenía que ir acompañada de un adulto) y van y me dicen que hasta las diez de la mañana, nada.
Odín estaba claramente en mi contra.
Así que viva mi buena suerte. ¡Día de llevar a tu estudiante extranjera no escolarizada al trabajo!
Richard me llevó a su oficina y para matar el tiempo me  hizo un truco de magia. Un truco de magia.
Y me presentó a sus compañeros, muy majos por cierto.
Por fin, a las diez, pudimos hablar con la subdirectora de mi centro y me ayudó a elegir asignaturas.
Luego le tocó el turno a mi orientadora y rematamos el horario.
Aquí en Canadá, las cosas funcionan de esta manera: tienes ocho asignaturas, cuatro por semestre.
El primer simestre, sin posibilidad de cambio, tengo Matemáticas, Francés, Química e Inglés.
Ya hablaremos del segundo semestre en su momento.
Son muy raros para eso de los horarios, por cierto. Es complicado y como empiece a explicarlo esto se va a alargar más que los capítulos en Los Miserables sobre el sistema de alcantarillado parisino.
Cuando por fin tuve en mis manos el preciado folio donde estaba impreso mi horario casi me echo a llorar.
Vale, no. Pero no os podéis imaginar el alivio que sentí.
Me preguntaron si quería esperar al día siguiente para empezar las clases.
Sí, y qué más.
Empecé en cuanto acabó la hora de la comida.
Una horita de matemáticas y otra horita de francés.
Creo que me voy a cambiar de clase de francés, pero aún no estoy muy segura.
Muchos de mis compañeros en esa clase no sabían ni decir la fecha.
Por el contrario, temo que inmersión francesa acabe conmigo.
Y para eso ya tengo Química y Matemáticas.
Sandra es mi amiga mexicana y Johannes mi amigo belga y de momento las cosas están así. Pero muy bien. No estoy sola y Portia me acompaña a todas las clases y me espera a la salida de éstas para que no me pierda en los pasillos llenos de gente.
Aún estoy decidiendo qué hacer con mi taquilla.

Por la tarde fui a comprar material para mis clases y todo es carísimo. Me dolió soltar hasta el último centavo (pagué con tarjeta, pero, ah, eso ha sonado taaan americano).

A la hora de la cena me equivoqué de lata: creyendo que estaba cogiendo Coca Cola light, me encontré con el peor refresco que he probado en la vida.

Sabor pasta de dientes. Lo juro. Era como beberse la maldita pasta de dientes.

Me voy a ir pronto a dormir.

martes, 3 de septiembre de 2013

Pican pican los mosquitos...

Dejadme en paz ya, malditos bichos.
Ni una picadura en España y tenéis que venir aquí a tocarme las narices.
Me picaba el brazo y decidí que escribir esto era imprescindible.
AY AY AY
Tengo que hacer algo con mi vida inmediatamente.

Dándonos a conocer.

Pues bien, el viernes tuvimos un problema con una compañera cuya host family se había olvidado de ella.
Es broma, Cris. Claro que no se habían olvidado de ti... Claro...
Bueno, vale, ya. Gracias a mi nueva tarifa de móvil (todo gratis por cortesía de Richard) pudimos contactar con su hermana canadiense. Sin embargo, tuvimos que esperar en el coche una hora...
Llovía y hacía un calor espantoso que se te pegaba a la piel. Aquel día odié Ottawa con todas mis fuerzas.

Sábado. Fui con Sara a hacer la compra. Canadienses, americanos, gente de ahí fuera: deberíais comenzar a replantearos vuestra dieta. No sé como podéis quejaros de vuestros problemas con la obesidad vendiendo botes de ocho litros de ketchup y la fruta en mal estado a unos precios desorbitados.
¿Pescado? ¿Qué pescado?
En fin, se avecinaba una tarde aburrida, así que un amigo español y yo decidimos salir a conocer la ciudad.
Tomamos algo, paseamos, y la capital me causó mucho mejor impresión que el día anterior.
Visitamos un centro comercial y una librería.
LOS LIBROS SON UN CRÍMEN LO CAROS QUE SON. Y SI QUIERES COMPRARLOS EN FRANCÉS MEJOR NI HABLAMOS (bilingües las narices).
Después de salir de la librería algo decepcionada, llegamos a una calle con mucho ambiente llena de restaurantes y cenamos en un italiano (más pizza, habéis acertado). Dimos una vuelta por Ottawa de noche y la verdad es que me encantó.
Es una ciudad que merece la pena, lo digo en serio.
Volví a casa tan contenta.
Los siguientes tres días los pasé en casa deambulando y perdiendo mi tiempo indefinidamente; comiendo lo que seguramente no debí comer (otra vez) y escribiendo porque no tenía mucho más que hacer.
El lunes cayó la tormenta del siglo y Sara y yo nos pasamos la tarde viendo musicales en la televisión.

No me creo que vaya a decir esto, pero por favor, que empiecen las clases ya.

Aquí me despido. Oficialmente la aventura comienza mañana, woooho!



La pereza me puede.

Ayer dije que subiría más entradas. Y bien, algo tarde y muy apurada de tiempo porque mañana empiezo el instituto, aquí estoy de nuevo.
Para resumir un poco, el viernes hicimos un examen de cinco horas de inglés y matemáticas.
El de inglés fue bastante bien, hubo tres partes: una redacción, un texto con preguntas y un examen de conversación.
El problema vino con el de matemáticas. Como se habían entretenido más de la cuenta con las entrevistas, tuve apenas cuarenta minutos para hacer un examen de seis caras.
No voy a mentir, no era difícil. Es más, todo lo que ahí me preguntaban lo había dado yo este curso pasado.
Pero resulta que, gracias al verano, mi mente había decidido, de un plumazo, borrar todos y cada uno de mis conocimientos sobre matemáticas.
¡Que se me daba bien la trigonometría! Sí, hace seis meses se me daba de maravilla.
Así que sí, todo bastante catastrófico.
Pero, suerte la mía, todos los españoles de la beca destinados al mismo distrito estaban allí conmigo, y pudimos aliviar tensiones y reírnos un rato.
Después del examen, tuvimos una pequeña orientación y la comida (juro que me va a salir la pizza por las orejas).
Nos dieron a cada uno un papel donde figuraba la fecha en la que debíamos asistir al instituto por primera vez para elegir asignaturas, horarios, bla, bla, bla.
Yo era la única cuya cita era el 4 de septiembre.
Las clases empezaban el 3.
¡Estupendo!
Pero no me desanimé.
Al fin y al cabo, no era culpa mía, que lidiaran ellos con mis problemas de adaptación.
Quiero seguir escribiendo sobre mi primer fin de semana canadiense, pero lo haré en otra entrada.
¡Juro que me voy a poner las pilas con esto!
Cuando lo acabe, me lo van a publicar. Já.

lunes, 2 de septiembre de 2013

Wipe off that angel face and go back to high school...

Los canadienses son canadienses y orgullosos están de serlo; pero, ea, están rodeados de americanadas.
El instituto. Fui a una pequeña orientación el jueves por la mañana.
Ahora bien, imagináos el típico instituto de las pelis, con taquillas, clases materia y grandes aulas dedicadas a distintos talleres; teatro, arte, cocina, cafetería, autobuses amarillos...
Calcado.
"No, es que nosotros somos NORTE americanos. No tenemos nada que ver con nuestros vecinos. Ew. Qué ofensa."
¿En serio? ¿En serio?
Pero no lo pongamos todo en su contra. Los canadienses son muy buena gente.
En esta orientación nos reunimos en el gimnasio todos los alumnos nuevos que íbamos a estudiar este año en el Sir Wilfrid Laurier. Una chica muy maja llamada Han que acababa de graduarse, fue la que se encargó de mi grupo, los de undécimo.
Hicimos pequeñas actividades entre nosotros, y pude conocer a una chica mexicana, a un paisano de Burgos, a un chico belga...
Muy internacional todo, muchas risas y tal hasta que llega la hora de repartir horarios y... ¡tachán!
Irene es la única cuyo horario está totalmente en blanco.
Imagináos mi sorpresa y la cara de atontada que se me debió quedar.
Dejadme explicaros: yo sabía perfectamente que mi horario estaría vacío, aún no me habían pedido que eligiera asignaturas.
Lo que me chocó fue que todos a mi alrededor ya lo habían hecho. Allí estaba yo, con mi papel vacío, y fui a hablar con la monitora y con Han.
Muy amablemente, una chica de mi curso, Sabrina, se ofreció a acompañarme a secretaría (o lo que fuera) para averiguar qué narices había pasado conmigo.
La cosa era esta: al día siguiente debía hacer un examen (tranquilos, ya sabía que tenía que hacerlo), y según mis resultados podría elegir unas asignaturas u otras. Hasta entonces, rien de rien.
Me dijeron que seguramente no podría empezar el curso el día 3, como todo el mundo, y aunque me aseguraron que no había ningún problema, yo me empecé a preocupar. Llegaba nueva, extranjera, y encima a destiempo. Yupi.
Afortunadamente, Sara llegó y se las arregló para que pudiera elegir unas asignaturas provisionales y así no quedarme sin plaza. Tendría que empezar después igualmente, pero me quedé más relajada.
De vuelta a casa, me dio ánimos para que no me pusiera nerviosa con el examen del día siguiente, y que seguro lo haría de maravilla.
Como podréis averiguar, no me fue de maravilla.
Creo que ya he escrito bastante. Me veo con muchas cosas que contar y poco tiempo, así que subiré otra entrada más tarde. xx.

domingo, 1 de septiembre de 2013

Ottawa, finally!

Cinco y media de la tarde del día 28 de agosto de 2013. En el aeropuerto me espera Carin, la que será mi hermana canadiense durante estos diez meses.
¡Qué emocionante!
Vino a por nosotros en coche Richard, el padre.
Hicimos una visita rápida al Tim Hortons (que al parecer aquí es extremadamente popular) y luego paramos en Walmart, que era enooooorme.
Cuando llegué a mi nueva casa, a las afueras de la capital, por fin pude descansar como es debido, que me lo había ganado.
La casa me encanta, no es muy grande pero es acogedora y mi habitación es muy mona y está muy bien decorada.
Vale, no voy a mentir, con la televisión de 3D de tamaño inimaginable y todas las series y películas que me gustan guardaditas en una carpeta, me conquistaron.
Conocí a Sara, mi mamá canadiense, y a mi otra hermana, Portia, que acababa de volver de trabajar porque al parecer aquí todos los adolescentes trabajan.
Al día siguiente, una vez instalada y con la cabeza despejada, tuve mi orientación en el instituto, y ahí las cosas se complicaron un pelín.
Prefiero hablar de ello más tarde.

Gracias por aguantarme.